untitledFernando Múgica, en la tramoya de mi vida

[Diario de Navarra – Cartas al Director – 20/05/2016]

No voy a escribir de Fernando como periodista; eso se lo dejo a los ‘pedrojotas’ y a quien quiera, que ya se han despachado en ríos de tinta con palabras que, estoy seguro, las sienten de verdad pero con las que tal vez no fueron consecuentes mientras Fernando aún respiraba… y lo digo con todo el cariño que pueda caber en esto. Aquí, justo aquí está la diferencia entre los ‘periodistas de éxito’ y los ‘buenos periodistas’, entre ‘ellos’ y Fernando: vivir como sientes… y hacerlo; Fernando fue el gran instante entre ‘hacer’ o ‘no hacer’.

No lo puedo remediar. Muchos compañeros de profesión que ahora le adulan no supieron estar a su lado cuando se sintió solo y hace una semana desplegaron sus plumas a pocos palmos de su féretro. No lo pude soportar. Me quedo con los ojos de Arturo y de Ramón en aquella sala, entre otros pocos, y el corazón roto de Elena, familiares aparte, claro. Lo que no saben es que Fernando nunca estuvo solo, jamás; siempre ha tenido la voz amiga y la taza de café servida en menos de 20 minutos cuando ha marcado su particular servicio de emergencias. Y es que no tenía que demostrar nada a nadie. Estaba muy lejos de ello. Las desconsideraciones pasaron por encima suya. Ni las miró ni las escuchó. Se dedicó a vivir, se dedicó a los suyos y a lo suyo; y lo suyo era ayudar a quien lo requería. Siempre con una sonrisa.

Hace unas semanas una alumna de bachiller me preguntó qué se necesita para ser un buen periodista. Yo le contesté que hay una cualidad con la que tienes que nacer y dos actitudes que debes interiorizar, nada más; el resto es trabajar. Has de nacer con la cualidad de ser buena persona y, posteriormente, adoptar el rigor y la honradez como norte en el ejercicio del oficio; dos actitudes que se pueden aprender. Eso es todo. Fernando era una buena persona y ha sido un buen periodista, el mejor que yo he conocido. Pero no voy a hablar de ello, no soy nadie. Sí hubo una cualidad que supo preservar hasta el mismo día en que se fue, sumándola a todo lo bueno que él tenía: la humildad. A una persona así, no dejas de quererla.

En mis primeros días en una redacción, siendo becario, José Miguel Iriberri, mi entonces jefe, me señaló su mesa cuando le planteé una duda lingüística: “Mira, siempre tengo a mano el Diccionario de la RAE y todos los días lo consulto”. Gran lección. Desde entonces he tenido en mi mesa ese diccionario y otro, el Diccionario de la Vida, que no ha sido otra cosa que el número de teléfono de Fernando. Él también tenía el mío. Jamás en busca de consejo sino de ejemplo que pudiera servirme; si no lo hubiera, entonces estaban las palabras, la cena tardía y los paseos en la madrugada para encontrar una respuesta.

Fernando estuvo en la tramoya de mi vida, manejando muchos cambios de decorado y diseñando efectos especiales para colocar un poco de magia en mi paisaje, ese escenario de la vida en el que no caben los ensayos. Discreto, muy discreto siempre, como los tramoyistas ciegos de ‘El truco final’. También la tramoya tiene una segunda acepción en el DRAE: se entiende como el lugar en donde diseñas un “enredo con ingenio, disimulo y maña”… pues también, alguno hubo; qué quieren que les diga.

Ahora ya no necesito su móvil, pero sí a él; por eso lo llevo dentro. Todo lo que supe absorber de él -que fue todo lo que pude- ya es mío. Al final, un beso –frío- y una rosa roja sobre su corazón a poco de arder para siempre. No, no descanses ahora; nos toca a nosotros, sí, pero tenemos una investigación pendiente de concluir; no me dejes, ¿vale?

MIGUEL ÁNGEL BARÓN

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